Es faena de matalafer. Dice un viejo adagio valenciano, que nuestros queridos gobernantes locales, más progres, han ampliado con “i desfer i tornar a fer” (“deshacer y volver a hacer” en la lengua de Cervantes). Y son muchos, demasiados los casos en los que en las distintas obras “terminadas” y realizándose en nuestra ciudad concurre esta circunstancia. Por aquello de “como muestra basta con un botón” me referiré únicamente a las obras de la recién “inaugurada” A. de la R. Argentina.
Paseando esta mañana por la dicha Avenida he visto a varios operarios arrancando el pavimento “recién colocado” y sustituyéndolo por otro de diferente formato (como el colocado en otros muchos puntos de Gandía, o sea que ya se conocía el yerro). Por curiosidad he preguntado a uno de los operarios el motivo del cambio quien muy amablemente me ha contestado que “pa que s’orienten los ciegos”. Bien hecho. Los que desgraciadamente padecen de ceguera merecen esa atención y cualquier otra que sea. Pero repentinamente me ha venido a la mente una pregunta ¿acaso nuestros queridos gobernantes, durante la docena y pico de meses que han durado las obras antes de pavimentar las aceras no sabían ya de la existencia de esas personas?.
Que esto ocurra en cualquier aldeucha del Amazonas, por ejemplo, sería comprensible y admisible pero que ocurra en una ciudad como Gandía donde el teniente alcalde director de urbanismo es precisamente arquitecto, donde hay en nómina no sé cuantos ingenieros, arquitectos, aparejadores y técnicos eso es ….. lo dejaré en “meninfotisme” para que nadie se ofenda. Pero sí diré que estoy convencido de que si tuvieran que pagar de su bolsillo este “fer y desfer” seguro que no se produciría esta, digamos, continúa anomalía. Lo malo es que no existe un límite legal para estas tropelías.
Está visto que la política local, en realidad se podría decir que la política en general, es puro teatro con tiene un reparto de actores nefasto. Actores que no pretenden ser útiles al ciudadano sino “importantes”. Perversión que se agudiza aún más cuando se lleva a la práctica. Es por ello por lo que no debemos tener piedad con esta generación de políticos, como ellos no la tienen con nosotros.
Lamentablemente sólo tenemos ocasión en las elecciones para “decirles” que no nos interesan, ni ellos ni sus socios porque una vez que cada partido tiene elegido a su dictadorzuelo de turno no nos queda más remedio que soportarle, cumpla o no sus promesas. En verdad desconocemos el poder que tenemos, porque se trata de un poder individual, disperso, pero que en grupo sí podríamos exigirles cumplirlas.
Juan Borrás