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VERTIGO
Segundo largometraje, tras la muy exitosa Tesis, de este jovencísimo
director, llamado a convertirse en uno de los más firmes valores de nuestro
cine; un cineasta total, capaz, no sólo de escribir y dirigir sus películas,
sino que además compone en parte sus bandas sonoras, e incluso se permite la
licencia de aparecer en breves "cameos", al más puro estilo Hitchcock,
probablemente el director más influyente de todos cuantos ha habido, y cuya
obra sirve de constante referencia para Amenábar, en especial, su gran obra
maestra, Vértigo, film enigmático y complejo que podría muy bien haber
servido de base para el sugerente juego de apariencias y realidades que se
desarrolla en Abre los ojos.
Pero si en aquella mítica película eran dos mujeres de extraordinario
parecido, que en realidad eran la misma, las que obsesionaban al
protagonista (aquí transformado en un joven, atractivo y triunfador niño
pijo), en el caso de Abre los ojos son dos mujeres muy diferentes, una
sexualmente insaciable, celosa, autodestructiva y, al mismo tiempo,
destructora (la típica chica "kamizaze", tal y como la definió Woody Allen
en la agresiva Maridos y mujeres); la otra más misteriosa, más etérea, y,
por ello, más inalcanzable, quienes acaban adoptando la misma personalidad.
Todo ello en un contexto onírico, entre el thriller psicológico y la ciencia
ficción trascendental, algo así como una mezcla entre The Game ^aunque,
afortunadamente, mucho menos artificiosa- y Desafío Total (a mi juicio, la
película más brillante y compleja del irregular Paul Verhoeven), pero con
una estructura desconcertante y una atmósfera inquietante y perturbadora, en
clara sintonía con el cine de David Lynch (no me extraña que Amenábar haya
incluido, entre los personajes, una especie de Pepito Grillo mefistofélico,
sin duda, inspirado en la particular fauna "lynchiana", como se puede
apreciar en Carretera Perdida), y con curiosas coincidencias con recientes
estrenos de éxito (comparar, en este sentido, la escena de la Gran Vía
desierta ^aunque, je, je, no del todo- y una muy similar aparecida en Devil,
s Advocate). Un pastiche del que Amenábar ha sabido extraer un estilo
personal, algo muy difícil de conseguir, sobre todo por directores que
practican lo que, tal vez erróneamente, se ha dado en llamar cine de género,
no sin cierto tono despectivo (como si los John Ford, Howard Hawks o el
mismísimo Hitchcock no hubiesen aportado nada a este centenario arte), pero
que, sin embargo, debe pulir y perfeccionar, pues aún es visible cierto afán
pretencioso por demostrar una temprana genialidad, mediante la composición
virtuosista de las secuencias y los planos, o una falta de naturalidad y
credibilidad en los personajes, diálogos y situaciones, que, en manos de un
director más experto, aunque no por ello más talentoso, habrían estado mejor
definidos. Por poner un ejemplo, lo que el propio Amenábar considera una
herejía: echarle en cara a Hitchcock que desvelara el misterio de Vértigo a
mitad de la película, y no al final, como hace él en Abre los ojos, no es
más que la constatación palpable de su ingenuidad, pues si alguien cometió
una herejía ^por otra parte, necesaria y magistral- fue Hitchcock; mientras
que lo que él hace en Abre los ojos es lo convencional. O, tal vez, Amenábar
no sea tan ingenuo, tal vez lo que hizo fue tratar de justificar,
tramposamente, su pequeña traición hacia la obra maestra que,
indudablemente, le ha servido de molde. Eso sí que sería una herejía, aunque
podríamos perdonársela. Yo, al menos, lo haría.
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