| NOCHE DE RONDA
Precedido por un excesivo e inmerecido morbo, el film póstumo de Stanley Kubrick
ha sido considerado como el segundo gran acontecimiento cinematográfico del año,
tras el irresistible y polémico Episodio 1 de Star Wars, con idénticos
resultados en cuanto a valoración de crítica y público se refiere, no así
en cuanto al éxito comercial, pese a las expectativas y el atractivo reparto,
encabezado por la pareja más sexy y poderosa de Hollywood: Tom Cruise y Nicole
Kidman, o viceversa.
Eyes Wide Shut no ha satisfecho a los que esperaban un film casi pornográfico,
ni siquiera a los fans más fieles de la pareja protagonista. Todavía menos a los
admiradores del talento obsesivo, enfermizamente matemático y perfeccionista de
su director, tal vez esperando un definitivo testamento, una especie de canto
del cisne, y no una película más de su filmografía. Resulta, pues irónico que,
precisamente yo, que pocas veces he comulgado con la particular visión creativa
de Kubrick, a quien he tachado siempre de divo arrogante, siendo objetivo, e incluso
siendo subjetivo, califique su última creación como obra maestra, pero no tengo
otro remedio.
Estamos ante un film duro, sin concesiones, crudo en el contenido, más que
en la forma, atravesado de parte a parte por una atmósfera pesimista frente a
la condición humana y su plasmación en la vida en pareja, el matrimonio, la familia,
los clichés y tópicos que siglos de evolución apenas han variado, y que no esconden
sino una complaciente hipocresía, en una desesperada búsqueda de la seguridad
frente a los fantasmas del sexo y la muerte, que como pesadillas sacuden nuestra
conciencia y remueven nuestros instintos. En Eyes Wide Shut, el sexo y
la violencia más lacerantes no se muestran públicamente a través de las imágenes,
sino que fluyen con las palabras, con los memorables diálogos con los que el director
desnuda y disecciona a los protagonistas, envueltos en un escenario plagado de
lugares, personajes y situaciones surrealistas, como si Buñuel y Max Ophüls hubiesen
intercambiado su sabiduría en la compleja materia gris de Kúbrick, quien, por
otra parte, ha encontrado su complemento ideal, su Mankiewicz particular en el
excelente guionista Frederic Raphael (responsable, entre otros, del ejemplar guión
de Dos en la carretera, de Stanley Donen), quien logra trasladar, con evidente
credibilidad, la, en su día, perturbadora Traumnovelle, del austríaco,
contemporáneo de Freud, Arthur Schnitzler (cuya novela más célebre sea, merecidamente,
La Ronda, llevada al cine por Ophüls y que guarda evidentes paralelismos
con el film de Kubrick) al Nueva York actual, patria de la nueva Babilonia y,
por ende, de todos los vicios, neuras y obsesiones de nuestro tiempo.
No resulta extraño que Kubrick pensara en un primer momento en Woody Allen
como protagonista de la historia, pues esta refleja con milimétrica precisión
los grandes temas del genio de Brooklyn, y hubiese dado, de paso, mayor textura
al cínico, negro y soterrado sentido del humor que impregna el film, pese a la
lentitud, para algunos, exasperante de la puesta en escena. Pero, acertadamente,
ha preferido contar con un matrimonio real, joven y afamado, paradigma del "American
Way Of Life", lo que, sin duda, acrecienta la sensación de desesperanza en el
espectador, llegándose, a través de ella, a un genuino terror, el que parte de
nuestros miedos más profundos y racionales, en especial aquellos que tienen que
ver con nuestra vida sexual, monógama por imposiciones sociales, culturales y
religiosas. No es casual, por tanto, la fijación del film en el número dos, el
número de ocasiones que suele repetirse cada situación (como la visita a la tienda
de disfraces, o a la mansión situada en pleno bosque), reiteración como metáfora
existencial, reiteración acentuada por el machacante piano que acompaña las secuencias
más inquietantes, capaz de dejar al espectador menos preparado al borde de un
ataque de nervios. Es la forma, extraña, que tiene Kubrick de jugar con nosotros,
de hacernos partícipes de la pesadilla que ha creado. Hasta que, al final, nos
da la clave que resuelve el problema, devolviéndonos a un punto de partida impreciso
y, por lo tanto, abierto. Dicha clave la resume muy claramente Nicole Kidman:
¡follar!. De este sencillo acto depende muchas veces la estabilidad y el equilibrio
emocional de dos personas que se aman.
Amén.
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