| SOMOS PILAS
Pensar hace unos meses que alguna producción pudiera disputarle las
lentejas al fenómeno Star Wars, entraba, cuanto menos, en el terreno
de la ciencia ficción. Sin embargo, este año está siendo
especialmente fructífero en cuanto a acontecimientos cinematográficos
de primera magnitud, y Matrix es, indudablemente, uno de ellos, comparable al
que supuso en su día Blade Runner, por lo que ambas películas
han tenido de revolucionarias, al menos, en su aspecto formal.
¿Qué es lo que Matrix tiene de original? En principio, una concepción
visual absolutamente innovadora, basada en un diseño de producción
novedoso, incluso equiparable a la imposible puesta en escena del arte secuencial
(lo que vulgarmente denominamos cómic), y sobre todo en unos impactantes
efectos especiales de ultimísima generación (y aquí hay que
romper una lanza por el singular avance que ha supuesto el sistema operativo Linux
en el terreno de la infografía, lo que ha permitido abaratar mucho los
costes y la posibilidad de romper de una vez por todas con la tiranía de
las grandes compañías de efectos visuales, llámense Industrial
Light & Magic, Digital Domain o Sony Imageworks) que aportan un salto cualitativo
en cuanto a concepción visual y dominio del espacio y el tiempo por parte
del realizador. Está muy cerca el día en que los directores de cine
(o, más bien, los productores) puedan manejar la realidad a su antojo,
es decir, que estos puedan utilizar la imagen como un lienzo y a los ordenadores
como instrumentos de creación artística.
En cuanto al contenido del film, sin duda más convencional que el continente,
Matrix se ha concebido como un gigantesco pastiche de referencias, que van desde
el puro relato mitológico, con claras influencias pseudo-religiosas de
carácter mesiánico, mezclando el sionismo y el neocristianismo con
el kung-fu y las técnicas de autorrealización, pasando por la más
pura exaltación de la violencia, mostrada siempre de forma espectacular
y atrayente, lo que confiere al film un cierto tufo fascistoide, hasta la inevitable
atmósfera ciberpunk cuyo máximo exponente es, ciertamente, William
Gibson y su impagable novela Neuromante. Todo ello salpicado con claros
y explícitos homenajes a Lewis Carrol y su Alicia, y, cómo
no, a la auténtica Biblia de la ciencia ficción contemporánea:
Un mundo feliz, de Aldous Huxley. En definitiva, un auténtico batiburrillo
no tan difícil de descifrar pero que, en ocasiones, no se sujeta ni con
pinzas.
Haré caso a la campaña publicitaria y no trataré de explicar
lo que es Matrix. Que cada cual saque sus conclusiones. Ahora bien, ¿no resulta
paradójico que aquello que los protagonistas pretenden combatir les sea
absolutamente necesario para conseguir sus fines? Más aún, ¿no
es precisamente Matrix lo que se está imponiendo en este tipo de películas,
en las que los actores son utilizados como meras marionetas al servicio de la
tecnología punta? Dejo, maliciosamente, estas dos preguntas en el aire.
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